lunes, noviembre 15, 2004

Identidad y Partidismo

Lo que sigue constituye un análisis crítico del artículo “Identidad: El Lado Oculto de los Movimientos Sociales” por Tilman Evers.

En este artículo, Tilman Evers, sociólogo y profesor adjunto en el Instituto de América Latina de la Universidad Libre de Berlín, analiza la forma como los nuevos movimientos sociales en América Latina subvierten nuestras categorías tradicionales, modos de percepción e instrumentos de interpretación, advirtiendo que “la vinculación entre los movimientos sociales y el conocimiento de lo social se ha roto”.



Estos movimientos sociales se caracterizan por un número relativamente reducido de participantes, carencia de estructuras burocráticas siendo predominantemente informales, formas colectivas de toma de decisiones, poca distancia entre los líderes y demás participantes, así como modos pragmáticos más que teóricos de visualizar y plantear sus objetivos. Su desarrollo consiste de un proceso creativo de tomar pasos iniciales por un camino “necesariamente abierto, embrionario, discontinuo y surcado de contradicciones” hacia una sociedad alternativa, pues “estamos a la búsqueda de algo que hasta ahora es predominantemente sentido por su ausencia: una sociedad más solidaria”.

En este empeño, Evers recomienda no limitarse al “terreno seguro de la realidad conocida”, de las “antiguas certezas intelectuales”, de la perspectiva a priori del poder político tan enteramente y eficazmente teorizado, pues esto no haría más que reforzar esa percepción y perpetuar su construcción histórica.

Más bien debemos permitirnos la libertad de explorar nuevos campos de teorización sin temor a equivocarnos, cosa inevitable al abrir nuevos caminos, pues el mayor error sería “insistir en viejas categorías comprobadamente inadecuadas”. En compensación, se ganará “un campo de acción y reflexión infinitamente mayor y más fructífero”.

Evers comienza con una revisión de las actitudes y prácticas generalizadas de la política tradicional en América Latina frente a los nuevos movimientos sociales. La represión política de los primeros movimientos sociales, por parte de las dictaduras militares, tuvo el efecto contrario de politizarlas. Aparecieron nuevos campos de acción política, nuevas formas de hacer política y nuevos agentes políticos.

Los partidos formaron un monopolio tal que constituyeron los únicos organismos autorizados para ‘hacer política’, ante cuyo liderazgo todo movimiento debía subordinarse. Su actitud hacia los movimientos sociales iba desde el “tutelaje” y “paternalismo conservador”, hasta su “instrumentalización” y “manipulación populista”. Inició entonces un esfuerzo por redefinir la política, ampliar su esfera y pasar de una perspectiva partidista a una visión ‘movimientista’.

Sin embargo, no cambió el pensamiento tradicional que tiene como “referencia central y definidora” a la política, cuya medida universal seguía siendo el poder, tratándose más de “una flexibilización de viejos conceptos que su superación”. Se hablaba de nuevas formas, no de ‘hacer sociedad’, sino de ‘hacer política’, agregándose a la “lista oficial de actores” a la ‘sociedad civil’, como “mínimamente equivalente” a los partidos, a la cual había meramente que “intensificar su potencial político”.

Ante esto, Evers se pregunta “si el poder es el único o el más importante potencial para la transformación social”. Así como se da por sentado que “las relaciones de poder penetran en todos los poros de la vida social”, pregunta si está claro que “toda relación de poder está infiltrada en una medida todavía mayor por la vida social”. Sostiene que una política divorciada de la realidad social no obedece a ninguna ley natural, sino que es “una construcción histórica de la sociedad burguesa, profundamente arraigada en las formas de percepción de los griegos y troyanos”. Esta separación entre lo político y lo social se ha encarnado en estructuras sociales, las cuales a su vez han proporcionado experiencias históricas, haciendo que el conocimiento social se organice en torno a la abstracción del poder.

A fin de comenzar a romper este ciclo vicioso que se auto-alimenta y se auto-refuerza, Evers propone reorientar nuestra percepción y práctica diaria para “atenuar esta posición central y separada del poder” mediante la creación de “pequeños espacios de práctica social en los cuales el poder no es fundamental”, lo cual no es posible mientras sigamos mirando “desde el ángulo de un poder apriorístico”. Evers ofrece como “pistas para una comprensión diferente” cuatro tesis dirigidas a “rescatar de las tenazas de la política” a “fragmentos de una vida social significativa”, a fin de lograr la “reapropiación de la sociedad por sí misma”.

La primera tesis es que “el potencial transformador de los nuevos movimientos sociales no es político sino socio-cultural”. Evers explica que el poder político, como categoría central de las ciencias sociales, resulta demasiado limitada como para explicar estos movimientos, que no tratan del poder sino de la “renovación de padrones socioculturales y socio-psíquicos de lo cotidiano”. La capacidad innovadora de estos movimientos “parece basarse menos en su potencial político y más en su potencial para crear y experimentar formas diferentes de relaciones sociales cotidianas”.

Con frecuencia se ha interpretado su debilidad como propia de etapas “pre-políticas” y sus expresiones culturales como señales de “camuflaje táctico” o de “ingenuidad política”. Evers, en cambio, propone percibirlas positivamente como embriones de una nueva vida social y se pregunta por qué la cooperación deba ser ilegítima en una sociedad ferozmente competitiva; por qué las relaciones igualitarias deban considerarse inmaduras en un mundo donde predominan las relaciones de mercado; por qué la solidaridad deba tener únicamente valor instrumental en el contexto de los fines políticos; y por qué lo social deba ser políticamente menos válido que lo practicado por los “mediadores burocráticos profesionales”.

Nos recuerda que las estructuras sociales del sistema dominante no podrían resistir sin una práctica social que las sostenga, es decir, sin ser creadas, reproducidas y reforzadas por los “millones de pequeños actos cotidianos de obediencia irreflexiva” que a su vez dependen de ciertas “percepciones, creencias, valores y orientaciones, la mayor parte de ellos operando inconscientemente”.

Concluye que es precisamente el hecho de que esta ‘microfísica del poder’ depende de su “realización subconsciente” que “incluso los modelos raros y débiles de una práctica social divergente representan un peligro en potencia” para el estatus quo, pues constituuyen “una constante dosis de elemento extraño dentro del cuerpo social”.

Aunque su resultado sólo se vea a largo plazo, es “algo mucho más irrefutable e irreversible que las muchas transformaciones abruptas en la cúpula del poder” y su potencial es “más político que la acción inmediata orientada hacia las estructuras de poder existentes”.

La segunda tesis es que “la dirección de esta remodelación contra-cultural de padrones sociales está dispersa, formando parte de un utópico ‘lado oculto’ de la esfera social, deformado por su ‘lado visible’”. En otras palabras, Evers coloca a los movimientos sociales en “la parte trasera” o no organizada de la esfera social, mientras que la sociedad dominante se ubica en la “parte delantera”, iluminada y sólida, de los “refuerzos mutuos, sistemáticos y bien establecidos”.

La tendencia es percibir a un modelo que no se ajuste al orden dominante como “débil, inaceptable, fragmentado, desorganizado, discontinuo y contradictorio”, pero es precisamente en estos “fragmentos de una nueva práctica social” donde, en “la oscuridad del futuro”, se gesta la “proyección utópica de una sociedad alternativa”, “anticipada solamente por la fantasía social”, sin la cual “no puede existir un esfuerzo íntegro de investigación política”.

Algunos de estos movimientos, en su afán por “reafirmar su dignidad humana”, ganar eficacia y “espacio para respirar”, ceden ante la tentación de “integrarse a las estructuras políticas establecidas” a cambio de “algunas parcelas del poder”. A cambio de esto, sin embargo, acaban pagando el precio de “conformarse con una posición subordinada”, de “disminuir su potencial sociocultural”, de “perder sus identidades específicas” y de “entrar en decadencia”, pues “la sociedad no está organizada de acuerdo con los problemas de la periferia, sino a partir de las necesidades de acumulación y control político de los sectores centrales”.

Otros movimientos intentan “sustentar autónomamente una identidad, al precio de continuar débiles, ineficaces y plagados de contradicciones”. Evers sugiere que “la única posibilidad de supervivencia de los nuevos movimientos sociales como tales, consiste en una precaria combinación de ambas alternativas, lo cual se aclara en la última parte.

La tercera tesis es que “la construcción contra-cultural de los nuevos movimientos sociales puede entenderse a partir de la dicotomía ‘alienación – identidad’”, como “primera tentativa para describir la dirección del proceso”. Evers explica que la rebelión de los nuevos movimientos sociales “no está dirigida contra ningún aspecto específico de la sociedad”, sino “contra la alienación en cuanto tal” y a favor de “volverse sujetos de su propia historia”.

Toda relación de dominación–sumisión implica una “usurpación de identidad”, mientras que el cambio de los valores fundamentales de la sociedad ha desencadenado una “crisis de identidad” generalizada. Ante esto es necesario “llegar a una autopercepción realista”, superar “falsas identidades otorgadas desde afuera” y evitar caer en “el exceso y la ausencia de autoestima”.

La identidad por definición es “del tipo hágalo-usted-mismo”, que no puede ser dado por otro ni mucho menos “venir de la estratosfera del poder político”. Se trata de la búsqueda de “una existencia dotada de sentido”, que ha de ser “construida desde abajo, sobre la base de una práctica social conciente y autodeterminada” que respeta la diversidad social.

Cada paso que se toma en dirección a la desalienación con ayuda ajena contiene elementos de realienación y debe ser tomado de nuevo, mientras que “cualquier fragmento de alienación que es superado en forma autónoma… deja de existir definitivamente”.

Evers considera que “esta es quizás la ayuda más concreta que alguien puede dar a otra persona” y es lo que procuran hacer los nuevos movimientos sociales. Sin embargo, debe hacerse al margen de la política del poder partidista, pues “más poder significa menos identidad y más alienación”.

La cuarta tesis es que, “paralelamente a la aparición de un proyecto alternativo, los nuevos movimientos sociales generan los embriones de los sujetos correspondientes”. Fomentan la “creación de sus propios sujetos”, no como “entidades sociales o individualidades completas”, sino como “fragmentos de subjetividad atravesando la conciencia y la práctica de personas y organizaciones”. Evers explica que según la tradición marxista, “los sujetos sociales tenían una existencia objetiva a priori bajo la forma de clases sociales”, que pasaban por un proceso histórico mecánico y predeterminado.

Sin embargo, los nuevos movimientos sociales revelan “un proceso largo y sinuoso de emancipación cuyo desenlace – si es que existe uno – es desconocido” y en el cual el sujeto no existe desde un comienzo, sino que “aparecerá sólo en el hipotético final del proceso”. En el marxismo, las estructuras sociales determinan al individuo, mientras que en la tradición liberal, eran los individuos quienes determinan a la sociedad.

Esta dicotomía es resuelta por los nuevos movimientos sociales, en los cuales un perenne “sujeto-por-ser” trabaja siempre con unas “estructuras-siendo-hechas”, sin “jerarquías preestablecidas”, sin “sujetos ontológicamente privilegiados”, donde “el progreso en términos de estructuras sociales depende de un progreso del sujeto y viceversa”, en un proceso de “continua emancipación multiforme” y “subjetividad transpersonal heterogénea”.

En conclusión, Evers propone que lo novedoso en los nuevos movimientos sociales consiste en que “no cuestionan una forma específica de poder político, sino la propia situación central del criterio del poder”, buscando la “reapropiación de la sociedad de las manos del Estado”. Hace notar que tanto la dictadura del proletariado como la estructura de los partidos políticos, son herencia y reproducción del desarrollo industrial y de la “jerarquía de la fábrica capitalista” en su “versión centralizadora dominante” en la cual “la existencia social de individuos y grupos es cada vez más definida por su potencial de consumo” y la única política necesaria es la política de mercado.

No sólo el “equilibrio entre industrialización y emancipación” ha perdido su credibilidad, sino que las “formas de organización y acción que imiten el proceso productivo de la vieja fábrica capitalista no son más plausibles”. Las sucesivas crisis han desacreditado a los Estados, obligando la reconstrucción de la hegemonía, la semilla de lo cual se encuentra ya germinándose al interior de los nuevos movimientos sociales.

Al final del artículo, sin embargo, todo el argumento de Evers cae de bruces. En vez de indagar en los mecanismos que están permitiendo a los nuevos movimientos sociales ser más eficaces sin necesidad de vender su alma a la política de poder partidista, afirma que “rescatar a la sociedad de la política es en sí misma una tarea política que exige de poder político para proseguir”, descrito como “amargamente necesario para la supervivencia”.

Esto plantea el desafío irresuelto de cómo lograr una inserción política que no produzca la “decadencia” del movimiento y sin reproducir las relaciones de dominación, lo cual opina que no es posible lograr en su totalidad. Por tanto, Evers considera que “el problema de un ‘nuevo partido’ debe ser enfrentado a pesar de todo” que “debe articular las metas del movimiento con las alienadas y alienantes estructuras del poder existente”, como un mal necesario o una “porción retrógrada y necesaria de su existencia”, pues “los movimientos sociales no pueden existir sin expresión política”.

Tales partidos deberán aceptar “no sólo el papel de vanguardia, sino también de retaguardia en relación a los contenidos de esos movimientos” y ser “concebidos como servidores y no como dueños de los movimientos”, con “estructuras abiertas y democráticas, en las cuales la libre manifestación de la diversidad, incluyendo las contradicciones entre participantes, sea más importante que la unidad de la acción externa”, lo cual supuestamente “presupone un concepto diferente de la política”.

Respuestas:

Coincido con Evers en su crítica del enfoque que ha tenido hasta ahora la actividad política. El mismo término ‘política’ ha decaído, definiéndose actualmente como la lucha por el poder partidista. Yo propondría rever esta definición y su práctica, volviendo a una definición originaria, como la ‘ciencia y arte de la buena organización de la vida colectiva y la cosa pública’. Bajo esta concepción, es muy posible que se encuentre que un sistema de gobierno basado en la lucha por el poder partidista no es necesariamente el mejor método de organización.

Tal vez beneficie a los partidos que reciben de las arcas públicas su presupuesto anual y otro tanto cada vez que lancen un candidato, posiblemente convenga al partido que llegue al poder en su turno y a los que pueden sacar de éste su ‘troncha’, pero ¿qué hay del resto de la sociedad civil que no se está beneficiando de este juego? Se aduce que el sistema partidista fue inventado hace casi 3000 años por los Griegos y Romanos; ¿acaso no es hora ya de usar la imaginación en crear algún método más efectivo para lograr la tan ansiada y, no obstante, tan ilusa ‘gobernabilidad’?

Mi propuesta sería más radical que la de Evers, en el sentido de explorar mecanismos de gobernabilidad que no requieran del partidismo para su funcionamiento. Cuestionaría seriamente el supuesto de que el partidismo sea necesario para que exista democracia y propondría que aquel se está constituyendo en el enemigo número uno de ésta.

Considero que el error básico del partidismo radica en su supuesto más fundamental; y es que los intereses de diferentes sectores de una sociedad sean contrarios a los de otros sectores. No nos ha tomado ni siquiera estos 3000 años para darnos cuenta de que en un sistema social, aquello que daña a una parte daña a la larga a las demás y aquello que beneficia a una parte beneficia eventualmente al resto. La miseria ocasionada por la concentración de la riqueza regresa al adinerado en forma de volatilidad y colapso económico. La apatía causada por la concentración del poder retorna a las cúpulas en forma de la falta de gobernabilidad.

Es tal vez por esto que George Washington, el primer presidente de los Estados Unidos, advirtió al pueblo contra los peligros de caer en la trampa del partidismo, pero el pueblo no escuchó y ahora sufre los estragos de su error. Será que el resto de países simplemente siguieron ciegamente la pauta, ¿o cayeron en la trampa del partidismo con los ojos bien abiertos?

Termino estas reflexiones con una apreciación de la Comunidad Internacional Bahá'í, la mayor ONG internacional con estatus consultivo ante las Naciones Unidas, en su declaración ante la Cumbre Mundial del Desarrollo Social en 1995:

A lo largo de la historia, el poder se ha interpretado como prerrogativa de algunas personas o grupos. A menudo... ha llegado a concebirse simplemente en términos de medios a ser empleados contra los demás. Esta interpretación del poder se ha convertido en un rasgo ingénito de la cultura de división y conflicto.... cuya principal consecuencia ha sido conferir a sus beneficiarios la capacidad de adquirir, prevalecer, dominar, resistir y vencer. Los hábitos y actitudes relacionados con los usos del poder... han rozado ya los límites de su eficacia.
Hoy día... persistir en la idea de que el poder reporta ventajas para los varios segmentos de la familia humana es errar gravemente en la teoría y ya no acarrea ninguna utilidad práctica para el desarrollo económico y social del planeta... En su expresión tradicional y competitiva, el poder es tan ajeno a las necesidades del futuro de la humanidad como pueden serlo las técnicas de locomoción ferroviaria a la tarea de poner satélites espaciales en órbita.1

Referencias:

1. Comunidad Internacional Bahá'í, “Prosperidad Mundial”, sección VI (énfasis mío). URL de la versión en inglés: http://bahai-library.com/?file=bic_prosperity_humankind.html.

(15 de noviembre de 2004)

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